Seguramente un denominador común en muchos licenciados en Traducción e Interpretación es que, a fuerza de estudiar cómo utilizar correctamente las lenguas y de volvernos paranoicos con los fallos, hemos añadido un analizador, un policía, a nuestros sentidos. De la misma manera que para un médico una enfermedad abarca causas, consecuencias y su tratamiento en detalle, todo lo que percibimos al leer cualquier texto, al escuchar la radio, al ver la tele pasa por un filtro que nos alerta: esto está mal dicho, aquello se podría mejorar, eso es una traducción literal. Sin duda se trata de una deformación profesional que puede ser muy molesta cuando la falta ortográfica, gramatical o sintáctica está presente en publicidad o forma parte del título de una película (como en “Antes que anochezca”) y nos vemos forzados a verla una y otra vez, de manera que mentalmente nos tenemos que concienciar de que está mal para no llegar a asimilarla.
En ocasiones, sin embargo, puede llegar a ser bastante divertido, como la siguiente receta de gazpacho extraída de una revista que prefiero no citar. La negrita es mía.
Modo tradicional a la antigua usanza:
Primero se hace un majado en el fondo con el ajo, la sal gorda, el pimiento y el tomate. Se añade el pan duro escurrido, se sigue majando y vamos vertiendo agua fría, según demande la masa para quedar suelta. Llega el aceite de oliva, poco a poco y repartido (un chorreón). Por último el vinagre, con cuidado (hay muy distintos grados de intensidad), probando, porque dará el punto final. Debe servirse muy frío. Aunque no hay razón que lo desaconseje, no deben echarse cubos de hielo. Debe el comensal servirse la guarnición a su gusto sobre el gazpacho ya en su plato.
Es de una solemnidad apabullante: no se le deben añadir cubos de hielo y punto. Aparte de que muy grande tendría que ser la perola para echar tanto hielo, la razón de que choque es porque en este género, las recetas de cocina, no se dice que los ingredientes llegan, sino que se echan, se rocían, se espolvorean, etc.
Resulta desesperante comprobar cómo en general se menosprecia el hecho de escribir mínimamente bien. No me refiero a que todos debamos redactar como un novelista profesional, sino a reglas básicas: no dejarse acentos ni ponerlos cuando no toca, utilizar bien la puntuación y comprobar que lo que se dice tiene sentido y coherencia. Además, esta tendencia no es exclusiva de los que no han estudiado, sino también de gente muy inteligente que utiliza las neuronas para cualquier cosa excepto para escribir con un mínimo de corrección. Una y otra vez cometen los mismos errores, incluso existiendo herramientas tan al alcance como los correctores automáticos, aunque no sean siempre del todo fiables y muchas veces necesitemos consultar el diccionario por ejemplo para distinguir entre “aún” y “aun”. Crear textos sin ese tipo de fallos debería ser la regla general al acabar la escuela, pero por alguna razón parece que algo falla, tanto en castellano como en inglés. En este último encontramos que los nativos confunden frecuentemente “whether” con “weather”, “it’s” con “its” y “their” con “there”.
Un caso muy significativo son los blogs, ya que reflejan el nivel de escritura general. Aunque representan expresiones espontáneas de pensamientos y piden muchas veces un estilo menos reflexionado y más directo, en el que no importan tanto las incorrecciones, a menudo los posts se ven desvirtuados por el desorden de ideas, el estilo poco cuidado y las omnipresentes faltas de ortografía, cuando no se da el caso de acabar escribiendo lo contrario de lo que se quería decir. Encontré múltiples ejemplos en el taller de escritura al que asistí el curso pasado. En él leía relatos que en sí no estaban mal, incluso muchos eran buenos, pero hacían daño a los ojos y eso los estropeaba completamente. Llegar al lector no se trata sólo de poner una palabra detrás de otra, sino de crear un esqueleto lógico sobre el cual se construyen las ideas, muchas veces agrupándolas unas dentro de otras e intentando no cometer faltas básicas.
Escribir un texto de calidad no es fácil y lleva tiempo. En mis intentos, los escritos suelen pasar por diversas fases. Primero desato una lluvia de ideas que dejo apuntadas en mi libretita o en un documento de OpenOffice.org en blanco, una detrás de otra. Después uno las que tienen relación para a continuación darle una estructura lógica al conjunto, muchas veces incorporando al mismo tiempo un título a las secciones, en caso de que existan. Cuando, por fin, tengo el artículo acabado queda lo más importante, que es la revisión, a ser posible por algún sufrido amigo que se ofrezca voluntario tras mis súplicas
. En esta última fase puedo cambiarlo todo y lo hago sin miedo. Quito, muevo, uno, separo y fusiono, todo ello sin miramientos.
Al cabo del tiempo, después de haberlo publicado, siempre cambiaría cosas, pero tengo que asumir que no existen los textos perfectos. Mi punto de vista evoluciona, así como la madurez de mis ideas y la valoración de los conceptos, por lo que ni ese último repaso antes de darle al botón de enviar evita esta sensación.
De todas maneras, lo preocupante no es que haya muchos blogs que estén mal escritos, ya que en la mayoría de casos sus autores no son profesionales y nadie les paga por ello (aunque por su ansia de restringir el uso comercial, como si creyeran que llegarán a lucrarse con ello, muchos parecen creerse que sí lo son), lo irritante es que haya tantísimos fallos en periódicos de tirada estatal, en la tele, en todo tipo de libros… ¿tendremos que obligar a los periodistas a hacer dictados?