Como mujer, todavía estoy intentando entender una cosa: resulta que quieren arreglar el problema que existe con las tallas y unificar criterios, no sólo para que no nos volvamos locas a la hora de ir a comprar ropa, sino también, creía yo entender, para combatir la anorexia, la bulimia y demás. Vale, hasta aquí todo claro.
Lo que no termina de cuadrar, al menos en mi opinión, es que hayan divulgado los tres tipos de mujeres en los que nos podemos clasificar: diábolo, campana o cilindro. ¿De verdad se trata entonces de combatir las enfermedades antes mencionadas?
A lo mejor yo estoy demasiado sensibilizada con el tema, pero igual que yo lo estarán los cientos de personas que alguna vez han pasado por ese infierno.
Yo caí en el pozo, y estuve muchos años allí dentro, sola, atemorizada. Hasta que un día llegó a mi vida alguien que me hizo ver que había que salir de allí y que merecía la pena. Se tiró al pozo conmigo y me cogió de la mano, y juntos emprendimos un largo viaje, una dura escalada que nos llevaría al exterior. Y ahí me encuentro desde hace años, en el exterior del pozo, pero siempre sentadita al borde, mirando al fondo.
El viernes vi en uno de esos periódicos gratuitos la dichosa clasificación, y ya desde que lo leí empecé a mentalizarme de que al llegar al trabajo alguien me clasificaría en alguna de las tipologías de marras. Y aunque a muchas personas les pueda parecer una tontería, mi cabeza sólo podía pensar: “¿qué me tocará, diábolo o campana?”. Porque cilindro tengo claro que no.
Pues bien, no me equivoqué y lo primero que oí al llegar a la oficina por parte de un compañero fue lo siguiente:
—¿Y tú qué eres?
—Ni lo sé ni me importa —dije, en un intento fallido de que el tema no fuese a más.
Una compañera comentó entonces:
—Pues yo diría que ella es diábolo. Bueno, no, más bien un poco campana…
—Sí, más bien campana —acabó diciendo el compañero que lanzó la pregunta inicial.
Y ese simple comentario, al que mucha gente ni siquiera prestaría atención, supuso una regresión muy importante para mí. Se abrieron muchísimas puertas que creía cerradas y me invadió la necesidad de tirarme de nuevo al pozo.
Todo esto duele, duele mucho. Y sobre todo duele el poco tacto de la gente. Será porque las personas que hemos pasado por esto hemos desarrollado una sensibilidad especial, será que nosotras y nosotros sabemos que el más mínimo comentario dirigido a la persona equivocada puede acabar en una tragedia…, no sé qué será, pero a mí no se me ocurriría tener la osadía de decirle a nadie si es un diábolo, una campana, un cilindro, un botijo o un barrilete, que también los hay.
Afortunadamente, el chico que me sacó del pozo sigue a mi lado y una vez más, intuyendo mis intenciones, evitó lo que yo creía inevitable. Así que de momento sigo contemplando el pozo desde el borde, sentadita y con las piernas colgando, sin alejarme demasiado. Pero con muchas ganas de poder levantarme y huir lejos de allí de una vez por todas.
Y esto lo cuenta alguien que todos los días lucha por mirarse en el espejo sin echarse a llorar.