Uno de los autores que más aparecían en nuestras clases de novela como ejemplo de todo lo que hay que evitar a la hora de escribir narrativa era Lucía Etxebarría. El profesor nos seleccionaba algunos de sus textos y los analizábamos frase a frase. Algunos de aquellos fragmentos eran puras chaladuras, con las que no tardábamos en reírnos a carcajadas, contraviniendo con toda seguridad la intención de su creadora.
Por eso me interesé en la entrevista que le hicieron en la sección de literatura de «A vivir, que son dos días», un programa de la Cadena SER. En un momento dado, uno de los colaboradores comentó que uno de los temas que aparece en la novela son las drogas. Lucía enseguida respondió que no está a favor de los estupefacientes y que los personajes de sus libros que los utilizan acaban muriendo.
Qué peligroso es dar lecciones tan maniqueas al lector. Este tipo de novelas van dirigidas a adultos, que ya deberían tener una opinión sobre el tema y no necesitan que una autora les dé lecciones. Porque en cuanto un autor quiere dar su opinión en una novela, ésta deja de serlo y se convierte en un panfleto. En narrativa el autor no debe aparecer por ningún sitio, tienen que hablar los personajes, que no siempre querrán morir.
Esa manera de plantearse la creación me recuerda a las películas americanas, en las que el negro siempre muere y los que fuman son los malos. En la vida real, no todos los que se drogan mueren jóvenes, e incluso diría que hay quienes necesitan la crisis que les proporcionan las drogas para aprender el valor de la vida. Más que determinar la condena de un personaje por un detalle arbitrario, yo me preguntaría por qué se droga, qué es lo que hace que lo necesite, cómo afecta al resto de personajes, cómo fue su familia, si aprenderá alguna lección o se quedará en el mismo estado, sin evolucionar.
Me imagino que Lucía debe de haber recibido mensajes de protesta por el tratamiento de las drogas en alguna novela anterior. Un autor debe asumir que debe ser honesto consigo mismo y no querer contentar a todo el mundo. Es muy infantil querer dar lecciones de este tipo. Asimismo, que los lectores se escandalicen porque en una novela se refleje una realidad debería hacerles preguntarse por qué ese tema no les deja indiferentes.
del.icio.us
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