Esta tarde, mientras tendía la ropa, he oído a un niño llamarle a otro «maricón en potencia». Me ha llamado la atención porque nunca lo había oído y, como mínimo, el pretendido insulto tiene cierto grado de originalidad. Lo que seguramente no sospechan esos niños es que todos somos homosexuales en potencia y nos movemos en algún punto entre los extremos (la heterosexualidad y la homosexualidad puras) con una tendencia más o menos marcada en cada momento de la vida que puede variar. Ni siquiera se trata de una elección, sino que responde a los impulsos más arraigados en nosotros y que no podemos controlar. Si hay algo cierto es que el verdadero amor es hacia la persona, no hacia un determinado sexo.
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