Es difícil explicar la tensión que se palpa a menudo en las clases de novela a quien no haya estado nunca en una. No sólo se debe a la convivencia de diferentes caracteres en un espacio reducido durante unas dos horas, sino al hecho de que hay que criticar el trabajo de los demás. Cada semana se adelantan los trabajos por correo electrónico y en clase se exponen entre todos sus puntos débiles. Estas críticas chocan de pleno con las susceptibilidades. Los alumnos han pasado muchas horas delante del ordenador construyendo su texto y llega a ser tan personal, tan visceral, que cualquier comentario se convierte en una ofensa imperdonable que provoca desde el «no sirvo para esto» a «el profesor es un imbécil», pasando por «no había pensado nunca que esto fuera tan difícil».

Lo más divertido es observar la evolución en todos los sentidos que experimentan los alumnos y las relaciones entre ellos. En las primeras clases cada crítica viene envuelta con papel de regalo, con frases del estilo «En primer lugar quiero decir que lo que has escrito me gusta mucho y está muy bien, tiene un vocabulario muy rico, es dinámico, etc.». Todas estas mandangas pretenden impedir que el autor en cuestión se sienta ofendido, pero, por mucho que se quiera disimular, la realidad es que lo que ha escrito es una porquería que dista aún mucho de contener literatura. Además, en esta primera etapa los alumnos no tienen criterios suficientes, no saben en qué fijarse y sus críticas dan vueltas a detalles irrelevantes porque no son conscientes de recursos como «nudo de enlace», «ritmo» e «implicación emocional», aunque los intenten utilizar sin saberlo.

No obstante, a medida que pasan los meses, las críticas son cada vez más sinceras y duras. Los alumnos aprenden a fijarse en los defectos más importantes, descubriendo incluso su porqué. Poco a poco las verdades salen a la luz, lo que provoca que quien no está preparado para aguantarlo se enfade y no vuelva a aparecer por clase. Esa actitud sólo tiene como consecuencia el estancamiento en la mediocridad, en el miedo a conocer la verdad y a evolucionar. Porque escribir, y más en el caso de una novela, es una carrera de fondo con muchos obstáculos y callejones oscuros que, curiosamente, no nos han puesto otros, sino nosotros mismos. Los que se enfadan no asumen que si algo te enseña la literatura son tus límites. Cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo compruebas cómo son de definidos y cercanos. Lo más importante es olvidarse del mito del escritor que crea una obra brillante de una tirada, porque llegar al texto soñado es cuestión de dar muchísimos pequeños pasos.

Para comenzar con buen pie, uno tiene que descubrir y asumir, sin frustraciones y con energía, la posición de partida en el camino. La humildad es el primer paso. Sócrates dijo «Sólo sé que no sé nada» y en literatura se empieza por decir «Sólo sé que escribo como el culo». Agradece siempre que alguien se haya molestado en leer tu texto y en señalarte los puntos débiles. Es mejor y mucho más efectivo que te lo digan ahora a que cuando te lo suelten hayas escrito treinta libros y te creas tan bueno que no haya quien te dirija la palabra.

Porque este estancamiento y ego desmesurado no es exclusivo de los principiantes: hay escritores (de alguno hablaré en un futuro artículo) que no han evolucionado desde su etapa de novatos. No sólo escriben mal, sino que han publicado decenas de libros que cualquiera de mis compañeras de clase habría construido infinitamente mejor. Es desesperante observar cómo las críticas y los premios dan el beneplácito a semejantes engendros. Recuerda que no importa lo mucho que hayas leído, estudiado y escrito, ten por seguro que puedes mejorar y que una actitud defensiva no te ayudará lo más mínimo.

¡Ah!, por cierto, para no dar lugar a equívocos sobre mi persona, por la presente declaro solemnemente que yo también escribo como el culo, aunque por suerte un poco menos que hace dos años :-).

Por David Gil, 23 Septiembre 2008, 9:43

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